16.5.10

Juicio final de un Policía

Juicio final de un Policía
El policía se puso de pie, ya no había sangre ni barro en su uniforme,
ya no había dolor ni queja.
Ahora se sentía bien, estaba ante Dios; Miró su presencia, era una revista muy importante, la hebilla, el lustre de sus zapatos, el cabello estaba corto, los bronces y las insignias exageradamente pulidas. todo en orden…
La voz de Dios era suave, aunque fuerte y clara al ordenar:
- Policía, un paso al frente!
La voz se tornó suave, serena pero clara y precisa al preguntar:
- ¿Cumpliste con tú deber y tus juramentos?
¿Fuiste fiel a la autoridad que un día te concedí a través de los hombres para que sirvas a tus semejantes?
¿El deber estuvo siempre ante tus debilidades y compromisos?
¿Honraste con tu conducta a tus seres más amados y a aquellos compañeros que ofrendaron su vida antes que tú?
¿Fuiste justo, leal a tus principios, leal a tus convicciones y a la sociedad en su conjunto?
El policía tomó aliento, hincho su pecho y levantó aún más su cabeza para luego decir:
- Señor, es cierto que muchas veces me olvidé de ti, que en los momentos más tremendos te llamaba y te clamaba a pesar de que no te rezaba.
Señor, es cierto que cuando las balas de mis enemigos golpeaban cerca, te nombraba mientras gemía pero no retrocedía.
Señor… también es cierto que te agravié cuando te llevabas a cada uno de mis compañeros y que lloraba al ver que la lista de los caídos era cada vez más larga.
Señor, también te agravié cuando mis hijos me extrañaban por mis largas jornadas de servicio diario!
Cuando enfermaba alguno de mis hijos y no podía quedarme en casa.
También Señor me olvidaba de ti cuando el frío de la alta noche mordía mi carne en la soledad de una esquina.
Renegaba, Si Señor! Renegaba de ti Señor, cuando la gente, la misma a la que servía a diario, a través de tantos años, me encarnecían cuando mi deber no era para sus intereses, y luego cuando me necesitan me llaman.
También es cierto Señor, he amado a todas esas personas a pesar de que cuando me tenían cercas se alejaban, y cuando no estaba se quejaban… y mi proceder nunca los saciaba.
Pero sí, sí te invoqué cada vez que tuve que sofocar las muchedumbres y me sentía solo, solo estábamos los Policías y tu Señor…
Hubo veces que temía cumplir con mi deber… pero lo hacía!
Y no, jamás he traicionado el uniforme que hoy es mi mortaja.
Tampoco he violado el juramento de servicio, siempre lo cumplí aún a riesgo de mi vida.
Jamás me doblegaron los lujos, los vicios, ni las comodidades… cumplí a cabalidad mi deber!
Honré a aquellos que me marcaron mi camino con luz y en mi mesa jamás hubo alimento mal habido Señor, aunque ese alimento haya faltado…
He tratado de ser justo, pero soy humano Señor y quizás por eso me haya equivocado pero se he seguido firmemente los mandatos de mi corazón.
Jamás traicione a mis compañeros y por la sociedad en su conjunto, por ellos Señor, dí mi vida…!
Antes de que tomes tu decisión amado Dios, te ruego para que vigiles
con cariño y cuidado a aquellos que deje allá, pues son personas que amos, y que jamás podre proteger.
Dios observó profundamente el rostro melancólico, bronceado por los soles de tantos eneros y rociado por las heladas de cientos de noches y sus rondas; miro aquellos ojos hartos de tanta violencia, de injusticias; secos de llanto, que miraban más alla que los demás, cargados de dolorosa impotencia ante la enorme corrupción y con voz calmada dijo:
- Tu cuerpo me sirvió con calma y corazón…Amor, sentimiento y dedicación…Fuiste escudo para el prójimo… viviste en pro de la vida… …el INFIERNO ya fue tu misión… Por lo tanto… ve y anda en paz por el paraíso, y serás parte de este inmenso ejército de valientes caballeros que guían desde este cielo la tortuosa y tremenda terea Policial, recuerda que cada uno es un ser diferente con sus virtudes y sus defectos, al final… perfecto sólo es Dios.

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